Los que nunca estuvieron (Crónica)

Julio Durán

 
II

- ¿Y el asunto de las tierras? ¿El estado les va a reconocer la propiedad?

- No, eso es lo peor… les van a quitar las tierras con una jugada legal. Desde los años 40, las tierras de la selva son entregadas a colonos, gente que viene de otros sitios a trabajar la tierra, a formar granjas modernas, lo cual está bien, porque los achuares, porque mucho que tengan la tierra, no tienen capacitación, no transforman nada, así que el estado promueve la entrega de tierras a colonos reconociendo, supuestamente con una delimitación, el territorio de los grupos indígenas. Supuestamente…

A los dos meses, los achuares fueron liberados de la cárcel, pero también fueron expulsados de las tierras que ocupaban desde hacía siglos, tierras a las que llegaron huyendo de la conquista en primer lugar y de las misiones evangelizadoras más tarde. El gobierno había conseguido colonos que mostraron títulos entregados con argucias legales -resoluciones a la medianoche, sentencias entregadas en otras jurisdicciones- ante las cuales los indios no pudieron hacer nada. Meses después, esos colonos “vendieron” los terrenos entregados por el estado a un precio irrisorio a una empresa petrolera argentino-española: un dólar por metro cuadrado. La patraña era evidente.

Vino entonces el segundo paso: el discurso del presidente por fiestas patrias.
“Al igual que el perro del hortelano, algunos trasnochados, aturdidos aún por la caída del Muro de Berlín y la antigua Unión Soviética, pretenden que este país no explote sus riquezas, solo porque ellos no tienen la capacidad de aprovecharlas. (…) Ridículamente, nuestra patria, llena de bosques, fauna, minerales, hidrocarburos, extensos territorios aptos para la agricultura, se ve maniatada por un puñado de ideologizados que se rasga las vestiduras porque la nación pretende alcanzar el progreso. Como su teoría genocida fracasó en todo el mundo, quieren que nosotros también fracasemos. (…) Debemos luchar contra ellos, debemos matar esa rabia que los enloquece. Debemos eliminar la rabia del perro del hortelano".

El discurso fue una delicia para la conservaduría, la prueba evidente de que estaban en el poder. La prensa progresista, de izquierda, moderada, empezó a vislumbrar las fisuras del discurso y sus consecuencias, como si se tratara de una profecía o una mala broma. Algunos se preguntaban preocupados a qué se había referido el presidente con “eliminar”, otros solamente veían que el gobierno promovería una agresiva campaña de privatizaciones pasando por alto leyes y normas que beneficiaban a las poblaciones habitantes de los espacios donde se hallaban dichas riquezas.

“Señores inversionistas del primer mundo –continuaba el presidente-. Los invito a que vengan a este país a hacerse ricos, porque ser ricos no es un delito, porque crear riqueza no es un crimen, salvo para aquellos que viven sumidos en la envidia y creen aún en ideologías totalitarias que solo conducen a estados-gulag, en los que se mantiene, a la fuerza, la delusión absurda de que los seres humanos son todos iguales”.


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